Archivo de lo ajeno.
Conseguí un trabajo en una papelería. Un trabajo sencillo, aburrido y con mala paga, pero que me hace sentir útil en mi pequeña vida sin rumbo.
En dos semanas vi rápidamente algunos patrones. Un niño que todos los días iba por su Pepsi de 3 litros retornable con billetes de 50; un chavo que, por sus manos siempre sucias, llegué a la conclusión de que trabaja en construcción y siempre iba a cambiar un billete de 500; una señora que iba a preguntar por mi compañero para que le ayudara con su laptop; un señor que siempre iba por lo menos por cinco paquetes de Mercado Libre; y aquel señor que todos los días iba a sentarse una hora en el ciber.
Una papelería que igual es tienda, que funciona como agencia de Mercado Libre y tiene un ciber que solo tiene dos computadoras, de las cuales solo se prende una porque la otra es muy lenta y ya casi nadie las usa pero siempre está ese señor.
Llegaba con su gorra roja, una camisa desgastada, su pantalón de mezclilla y, a veces, con una bolsa de compra que siempre mostraba y decía: "Esto es mío, son cosas para mi negocio". Iba directo a la computadora y se sentaba, esperando a que se la desbloqueáramos. Algunos días decía: "Una hora", o solo esperaba sin decir nada, y no hacía falta porque ya sabíamos.
Se sentaba, abría el navegador y buscaba en YouTube "Películas completas en español latino comedia" o de algún otro género; dependía de su ánimo. Se quedaba una hora ahí sentado y, a veces, en los buenos días, se levantaba a comprar una Coca-Cola de vidrio y unas Sabritas. No siempre, porque le quitaron un riñón y no debe consumir mucha azúcar.
Cuando acababa la hora, nuestra computadora comenzaba a emitir un pitido indicando que ya había terminado el tiempo y se levantaba a pagar: 15 pesos la hora. Pero, en ocasiones decía "Media hora más" o "Una hora más, muchacha".
Sin darme cuenta comencé a notarlo más. Esperaba a que llegara y comenzó a causarme una sensación de extrañeza. Comencé a tener preguntas. ¿Por qué solo una hora? ¿Tendrá esposa? ¿Hijos? ¿Vive solo? ¿Tiene TV? ¿Conoce Netflix o algún programa de streaming? ¿De qué será su negocio? ¿Es feliz? ¿Se divierte viniendo? ¿Cuándo comenzó a venir? ¿Por qué?
Preguntas que no tendrán respuesta porque nunca las hice ni pensaba hacerlas. Había algo encantador en imaginar su vida, en responder esas preguntas, en no saber nada con certeza, ni saber el qué siente o piensa cuando llega y se va.
Me lo imaginaba deseando que llegara la hora de ir al ciber, ansioso de disfrutar ese momento que era parte de su rutina, un momento de tranquilidad y paz que tenía en su día a día. Y sentirse feliz, descansado, completo una vez que se iba porque había escapado de esa rutina monótona que tiene por ser un adulto mayor, por una hora o dos. O así lo imaginaba yo, lo imagino.
Con los días se hizo algo familiar verlo llegar y sentarse. Una mezcla extraña de sentimientos que, hasta ahora, no logro descifrar del todo, porque verlo llegar me hacía consciente de mi alrededor. Sentía que el ruido se disipaba y se volvía lejano; todo parecía ir más lento e incluso difuso. Mi alrededor se volvía irrealmente real.
Creo que sí sé qué causaba en mí, pero no entiendo la razón. Me era incómodo. Me incomodaba verlo todos los días porque todo parecía muy simple. La vida, las cosas, la rutina, mis preguntas sobre él y sobre lo demás. Todo se reducía a nada, a solo un señor al que le gusta ver películas en un ciber.
Por alguna razón le comenté esto a varias personas. Solo lo que hacía este señor, no mis preguntas ni mi incomodidad sobre él, porque quería respuestas sin preguntar; solo entender. Pero me di cuenta de que nadie le tomaba la importancia que yo le tomaba. "No tendrá internet", "Sí, siempre viene. ¿Qué tiene?". Así que solo lo dejé.
Pero descubrí algo de él.
Todos los días, en una pequeña papelería-tienda que tiene un pequeño ciber compuesto por dos computadoras viejas, llega Antonio a ver películas en YouTube.
Todos los días Antonio me hacía ver la simpleza de la vida y me incomoda.